No sé si lo leí o lo escuché, pero entiendo que los griegos son tan fanáticos de sus islas que, de tanto en tanto, planean viajes para ir conociéndolas, coleccionándolas, una a una. Claro que como son muchas - es imposible visitarlas todas, al menos en una vida- deben ser lo suficientemente asertivos para elegir las más lindas, las más choras, las más potentes. Eso antes del gran viaje, el último viaje a esa isla desde la que ya no hay retorno.
Esto de las islas griegas me vino a la cabeza hace unos meses, cuando navegaba junto a la familia de Juan Carlos Tonko en Puerto Edén. Eso como parte de un insólito tur kawéskar que tenía como fin extraer cholgas y centollas para un curanto de media tarde; sin olvidar, claro, los jugosos choros al alicate que, junto con los chapaleles, prepararía la señora Marina, la dueña de una de las dos o tres pensiones que existen en ese melancólico puerto insular, buena parte del año difícil de encontrar entre la bruma de los canales australes.
El motor no dejaba de humear mientras avanzábamos frente a un acerado bosque de un intenso verdor. El traca-traca apenas dejaba escuchar la delgada voz de mi locuaz anfitrión. Pero, afinando el oído, sí escuché claramente cuando Juan Carlos me preguntó cuál era la tercera isla más grande de Chile. ¿La tercera? Tic-tac-tic-tac. ¡Diablos! ¿Ésta? Y era. Claro que era. Y entonces empezamos a enumerarlas: número 1, Tierra del Fuego; número 2, Chiloé; número 3, la maravilla que teníamos ahí enfrente: Wellington, un somnoliento lagarto que puede tragarte si no estás despierto. Y de ahí no paramos: islas Riesco... Hoste... Santa Inés... Navarino... Y... Y luego no supe más... Claro que el repaso no paró ahí. Aparte de Isla Negra (que por lo menos es islote, pese a lo que alguna vez escribió Volodia Teitelboim), ¿cuántas malditas islas tenemos en Chile? La verdad es que aún no sé la respuesta. ¿Pero quién sí? ¿1.200 con más de un kilómetro cuadrado? ¿Y tres mil con menos de uno? Puede ser: eso al menos es lo que dicen las enciclopedias. Pero sea así o no, lo cierto es que un 15 por ciento del territorio chileno corresponde a islas. Claro que la gran pregunta no es ésa, sino ¿cuántas alcanzaremos a conocer? O, mejor aún, ¿cuáles vale la pena conocer? ¿Cuántas no te puedes perder? ¿Londonberry? ¿Sí, no? ¿La isla Riesco, famosa por el nuevo turismo en que te llevan a cazar toros salvajes? ¿Rennell? ¿Piazzi? ¿Quiriquina? ¿Santa María? ¿La isla Nöir? ¿Las Diego Ramírez? ¿La isla Ascensión y la enigmática Melinka? ¿La isla de los pájaros frente a Los Vilos?
Aparte de Pascua y Robinson Crusoe (en verdad todo el archipiélago), yo diría que una de las realmente lindas es Mocha. Según una vieja leyenda, en Mocha estaba el cementerio de los prominentes caciques, y hasta ella llevaban a los difuntos pues luego una ballena blanca recogía sus almas para conducirlas hasta el paraíso lefkenche. Extrañamente, es en Mocha donde nace el mito de Moby Dick (Mocha Dick), todo al amparo de una bellísima isla que se enorgullece de tener uno de los bosques nativos más prístinos del mundo. Y a la cual es posible llegar en avionetas, como la de Mario Haan, en las que viajas por poquísima plata: no más de siete mil pesos.
Imperdibles son también las islas Huichas, donde están Caleta Andrade y Puerto Aguirre, hoy destinos fáciles de alcanzar gracias a un moderno catamarán que permite conocer éstas y otras islas, cómodamente y con un itinerario certero. Aparte, yo sumaría la isla Huapi en el lago Budi, sitio en el que se puede saborear la delicia gastronómica más rara de este país: los peces que roncan. ¿Qué más? Uf. Son tantas y casi todas un misterio. ¿Cómo es San Félix, isla habitada temporalmente por pescadores de langostas? ¿Quién ha estado en Salas y Gómez? ¿Cúales son las mejores islas de Chiloé? Ciertamente un enigma. Y, me late, de esto habló Neruda en "Las islas extrañas", un libro que jamás publicó. Es cierto: en Grecia hay tantas islas como poetas. Pero en Chile también. Y no sólo es un desafío, sino también un gran orgullo poder conocerlas; conocer estas pequeñas islas, a veces diminutas islas, que pese a su grandeza a veces se caen del mapa.
|