Las confabulaciones de un marino español en contra de su corona, el azar que permitió que una tormenta quebrara los mástiles, años después, de aquellos que vinieron y desenterraron y volvieron a enterrar el cargamento; los planes de amotinamiento de la tripulación que volvía en busca del tesoro, la muerte de quién tenía las señas para encontrar el oro enterrado y por último, cartas enterradas en un cofre, son los elementos que se vincularon para dar origen hoy a un nuevo mito, el tesoro que duerme sobre la tierra de la Isla Robinson Crusoe.
Los conspiradores
Aparece así el nombre de Juan Estaban Ubilla y Echeverría – General de la flota española que permanecía en Veracruz (México)- como el responsable de la llegada de un tesoro a esta isla en 1714. Siendo parte de una conspiración contra los Habsburgo, que recién habían llegado al trono, Ubilla y Echeverría ha zarpar desde México y desaparece con parte del tributo a la corona, el tesoro azteca.
Extraños eventos
Un año errante y antes de morir en un Huracán en las costas de Florida, el español logra enviar algunos mensajes secretos a los ingleses develando la posición del tributo español; 42 años más tarde, los ingleses envían al contador del gobierno inglés Cornelius Webb para que -a bordo del barco mercante Unicornio- viajara a Juan Fernández.
Durante la “Herradura”, nombre que recibió la expedición, sólo se logró desempolvar el tesoro, una tormenta rompe el cuerno transformado en mástil del Unicornio cuando se disponía tomar rumbo a Inglaterra. Nuevamente, la fortuna vuelve a ocultarse bajo tierra, mientras es reparara la nave en Valparaíso, de nuevo en altamar, la codicia reina en la mente de los tripulantes, y los planes de amotinamiento cunden por la tripulación; Webb no tiene más opción que incendiar al barco (tripulación incluida) y volver en un bote a remos a Valparaíso.-
Aquejado de malaria, Cornelius logra escribir dos cartas a su superior, Lord Anson, contándole los inconvenientes surgidos y haciéndole mención de un cofre ocultado en Chile, dónde se registra, a través de códigos, el sitio exacto donde se hallaba los tributos robados por Ubilla, y aquello que contenía; si embargo, el superior de Webb, Anson, fallece medio año antes de conocer los sobres enviados desde Chile.
El resto es un misterio, alguien leyó esas cartas, y las ocultó por largo tiempo...
El Cofre
La figura de Luis Cousiño Sebire, nieto de Matías Cousiño, que vivía de la agricultura en su fundo “El Bato” en Quinteros, se une ha esta tenebrosa historia, en la década de los 40, cuando es contactado por un inglés y le entrega las cartas enviadas por Webb a Anson, y dónde se revelaba la existencia de este fabuloso tesoro.-
Ya pasan 250 años desde la llegada del tesoro al Archipiélago Juan Fernández, Peter Scotte, Benjanín Lyon y Jorge di Giogio, hincaron la búsqueda frenética del tercer escrito, de aquel enterrado en las costas chilenas. Ese mismo año, en Horcón, este grupo de nobles, encuentra el baúl: La bitácora de Cornelius y el inventario del tesoro, ven después de muchos años la luz.
Tras sigilosas gestiones en Londres para la verificación de ciertos datos, viajan a Juan Fernández a buscar su botín...
“Rubén González (73), quien en esa época vivía en Juan Fernández dedicado a la pesca, es el único sobreviviente de aquella expedición. "Estuvimos excavando cerca de medio año. Hicimos túneles de varios metros de ancho y, algunas veces, incluso, teníamos que parar porque se nos acababa el oxígeno. Me acuerdo que me pagaban $ 100 diarios por excavar y tenía prometido recibir $ 750 mil si lo encontrábamos", recuerda.
González nunca tuvo muy clara la razón por la cual Cousiño se detuvo en su intento de encontrar el tesoro, pero lo que no olvida es que éste fue prácticamente la obsesión de Luis Cousiño hasta su muerte. "Nuestras familias eran amigas y cuando me casé con su hijo, de alguna forma también me casé con el mito del tesoro. Claro que yo era una de las pocas que realmente prestaba oídos a su historia", comenta María Eugenia Beeche. Lo que ahora está claro es que Cousiño y su grupo equivocaron el lugar de la búsqueda, situándolo en el sector del poblado San Juan Bautista y no en la bahía de Puerto Inglés”*
Revista Que Pasa 1441, Lunes 23 al 30 de noviembre 1998.
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