Es extraño, duelen los oídos y no es por el estrepitoso ruido que decora las calles de mi natal Santiago. No se siente el bocinazo amigo del chofer que apurado corre a la caza de la mayor cantidad de pasajeros posibles, no se escucha ya el silbato que indica el avance o la detención del carro y menos aún a los vendedores ambulantes que se suben a veces para despertar a más del algún cansado trabajador que duerme una vida sin vacaciones, y otras, a refrescar la garganta sedienta de algún pasajero.
Si, es extraño, no es ruido lo que hiere los oídos, es el silencio, el rugir indómito del mar acompañado del grito melancólico de algún lobo marino que con un viento promedio de 40 nudos, unos 74km/hrs., recorre gran parte de la isla. El clima en general, “es enteramente suave y sano; su temperatura es muy regular, y las estaciones, aunque bastante pronunciadas, no tienen, sin embargo, esa diferencia de la provincia de Santiago. Sería una mansión de las más agradables si no sufriese de tiempo en tiempo las tormentas de un viento impetuoso que con justa razón se compara a una especie de huracán... que desciende de las más altas cimas, se desencadena en las quebradas y va a unir sus lúgubres acentos a los más lúgubres aún, de una mar agitada”, señaló alguna vez el Naturalista Claudio Gay.
En palabras técnicas, estas islas poseen un clima continental del tipo mediterráneo con fuerte influencia oceánica, donde las lluvias se concentran en los meses de invierno con un 45%, un 17% en primavera, un 9% en verano y finalmente un 28% en otoño.
Es probable que existan variaciones en los índices de lluvia debido al relieve local, dependiendo de diferencias de altitud y de la exposición a los vientos dominantes; no obstante, el promedio anual de precipitaciones es de 1.041,5 mm y es altamente variable entre años.
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